ARTÍCULO

Te doy mi palabra.

Honrando la olvidada palabra.

 

Nacho Bañeras

No es ninguna novedad que vivimos de espaldas a nosotros. Son las prisas, la superficialidad o esta abundancia de experiencias y riquezas que, de tan exuberante, se convierte y la vivimos como una paradójica escasez, como ya dijo Baudrillard o Lipovetski, lo que nos devuelve el reflejo de este vivir difícil de asir. 

Somos plenamente conscientes de esta vida a contrapelo, tan alejada de lo que queremos y tan inquieta. Una vida, en el fondo, sabedora de la necesidad de una atalaya desde la que, sin prisas, poder contemplar con amplitud y libertad el recorrido para discernir, escoger y paladear esta vida que, olvidamos a menudo, no tiene recambio. 

Son las palabras, también, víctimas de nuestro abandono, de este vivir que, para honrar su sentido original, fuera hora de cambiar de nominación para poder expresar lo que realmente significa nuestro sobre-vivir.

Vivimos saturados de palabras, narraciones y contra-narraciones. Una vorágine que en el entrechoque de su cháchara, se acaba convirtiendo en un perpetúo hilo musical que imposibilita la asimilación y obliga a ejercitar una no-escucha que luego mantenemos para lo esencial. Un medio inhóspito que nos empuja a endurecer nuestra coraza y que nos impide la sensibilidad para una escucha más atenta sobre aquello que verdaderamente tiene importancia. En definitiva, el diagnóstico escuetamente resumido, de nuevo, es que de tanta abundancia la sensación se convierte en un erial. Un erial donde la escucha debe atenuarse para no enloquecer por los múltiples estímulos informativos, publicitarios o lemas existenciales. 

El uso y abuso de palabras pervierte su significado esencial, pues recordemos que la función de la palabra es la de:

 

  • Invocar un mundo. 

  • Darle un contenido y una vibración emocional. 

  • Generar lazo con el otro.

  • Enhebrar un sentido existencial. 

  • Dar rostro a nuestro dolor y alegría.

  • Cobijarnos en un tejido de narraciones.

 

Las palabras son puntadas con las que continuamente zurcimos un tejido que nos sirve de mapa existencial, que conforma nuestro sentir o que constela nuestros marcos de referencia, respecto a los valores y personas. Un tejido que, en el vacío del relato, se convierte en una manta o una frazada, según sea el caso, en la que acogernos y cobijarnos.

Somos lo que decimos, nuestros silencios, los gestos, los afectos, nuestras relaciones. En este compleja estructura, las palabras tienen un lugar preeminente y puede verse con mayor intensidad cómo nuestro propio abandono comporta el de las palabras, aunque la dirección puede voltearse para poder entender cómo la dejadez en nuestro decir, o escuchar es un gesto de descuido para lo esencial.

¿Cuáles son algunos de estos abandonos o cómo podemos recuperar, honrando, el valor de nuestras palabras y el nuestro? Veamos algunos ejemplos.

Pensamos con palabras pero, como diría Heidegger, no es un pensar verdadero aquel que se subyuga a una temporalidad con la que, fustigado por la prisa de una constante insatisfacción, busca, en este pensar de hámster enloquecido, un madeja de narración que, finalmente lo aquiete. En esta búsqueda, el pensar fustiga y fustiga palabras, reordenándolas infinitas veces,  y vuelve a ello cuando acaba… sin posibilitarse el parar. Es una búsqueda condicionada por una urgencia que muestra la necesidad de una quietud profunda pero que en la forma de su encaminarse se pierde en la urgencia. 

Con las palabras tocamos al mundo, con otras lo creamos e, incluso, con otras, lo embellecemos o lo ensuciamos. Con las palabras herimos y amamos, acariciamos, sostenemos silencios abismáticos, hilvanamos comunidades o tejemos y zurzimos el sentido de nuestra vida. 

Las palabras hablan por nosotros porque, también, van cargadas de tonalidades, esto es, le insuflan alma a nuestro mero decir. Las hay que entrechocan de rabia, irónicas, amables, condescendientes o mentirosas.

Las palabras nos perteneces y, a la vez, se nos escapan. Son el lazo con el otro, de ahí que se nos escapan, que una vez dichas, expresadas o escritas, muden en dispares sentidos y sean recibidas en múltiples tonalidades y, cual frontón, nos revoten, en el responder del otro, con un eco diferido.

Con palabras envolvemos nuestro dolor. Con ellas podemos dar luz y bordar un tejido para expresar aquello que sentimos. Al hacerlo, al crear ese tejido, lo nombramos, le damos forma, lo compartimos, lo volvemos a reajustar y es esa combinatoria de palabras la que, finalmente, nos cobija del dolor. Ahora entiendo lo que me pasa no es otra cosa que haber podido poner las palabras justas para las emociones y situaciones vividas.

Y qué más importante podemos ofrecer que palabras. Te quiero o te doy mi palabra son expresiones con las que ofrecemos nuestra alma, corazón o intimidad. Y es, precisamente, este dar la palabra algo que ya no se oye, algo que pierde fuelle en un mundo en que la palabra, justamente, ya no tiene valor. 

¿Qué es dar la palabra? Dar la palabra es ofrecer una parte nuestra. Una palabra a cambio de un aval de confianza. Un entrechoque e intercambio de certidumbres a través de una palabra sin materia, sin escritos, sin contratos. Te doy mi palabra y te la llevas, te la guardas, la recuerdas… es toda tuya. No tener palabra expresa a las maravillas una falta de confianza y la importancia del decir. No tienes palabra es un agravio difícil de enmendar a no ser por una práctica de coherencia con el decir, un volver a dar la palabra con honradez (etimológicamente: tratar con respeto).

Son las palabras pequeños fragmentos de mundos. Aunque vengan y vayan, no son nuestras y, no obstante, son capaces de envolvernos, zarandearnos, acunarnos, divertirnos o entristecernos. 

Los griegos, los hindúes, los lacanianos, los chamanes y tantas y tantas otras culturas sabían y saben del poder curativo de la palabra. Un poder que adviene con la pronunciación de la palabra, con encontrar la palabra exacta, y el poder encajar el pensar con el sentir, con la posibilidad de compartir con el otro y con el poder de invocar.

El decir y el pensar con palabras es otra manera más de cuidarnos y cuidar.

Filosofía para la vida.

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