ARTÍCULO

Pensar no es suficiente,

la filosofía debe volver a ser salvaje

 

Nacho Bañeras

No es exagerado confirmar la desaparición de la filosofía tanto del mundo académico como, en general, de todos los ámbitos de nuestra cotidianidad. Su sitio ha sido copado por especialistas muy capaces de aportar infinidad de datos sobre la materia pero descartando, en su análisis, la posibilidad de ofrecer globalidad, profundidad, crítica o un discurso emancipador a su mirada.

Parece que la filosofía ha sido apartada y descartada. En su evocación, se la percibe como un museo en el que se exponen, como cuadros, las miradas complicadas y excéntricas de filósofos cuyos discursos ya nada tienen que ver con nuestro presente. Figuras y pensamientos anacrónicos que han dejado de ser actuales y que, en todo caso, si han de ser conocidos, es ya por una mera cuestión cultural o histórica. Habitualmente, caracterizamos la filosofía, alejándonos de ella, como aburrida y, efectivamente, en muchos casos puede serlo. Y los es, especialmente, cuando no está nuestro sentir y nuestra pasión enlazada con ella. Es aburrida cuando no va en ella nuestra propia vida, cuando no vibra el fino hilo de nuestro sentir o cuando nos olvidamos de nuestro ser acróbatas, es decir, cuando obviamos la precariedad del sentido que le damos y, por tanto, cuando le damos la espalda a la vulnerabilidad y al escandaloso milagro de nuestro existir. Si la filosofía no va enlazada con la vida y, más concretamente, con nuestra propia vida, se convierte en una jerigonza de disertaciones que acaso buscan realzar nuestro narciso, pero que se alejan de la práctica de una vida salvaje que todo filosofar lleva implícito.

Esta dinámica puede haberse gestado y desarrollado, en parte, por responsabilidad de los propios filósofos, recluidos en universidades, interpretando y recopilando textos. También es cierto que, en la cotización de saberes que impone el mercado económico, pujan aquellos que permiten y generan un lucro cuantificado e inmediato. Como tales, sólo pueden ser valorados aquellos saberes técnicos o científicos que tengan o puedan generar beneficios. Es evidente que la filosofía, en este caso, no puede beneficiarse de ello si lo que esperamos es que se derive, de su investigación, la venta de un producto. La filosofía y, en general, las humanidades, aportan algo muy diferente, hoy también menospreciado, que se relaciona con aquel atributo que, si bien debe ser actualizado, tiene que ver con nuestra ser-abierto. Además, si la filosofía asume y proclama su radicalidad, es profundamente subversiva.

Hay que añadir, finalmente, la propia dinámica de nuestra sociedad, poco dispuesta a acercarse a este museo – mundo del que no puede esperar más que palabras altisonantes y envejecidas pero, también, poco dada a la reflexión, a la contemplación y a otro tipo de temporalidad. Nos hemos acostumbrado a consumir desde la facilidad de productos culturales envasados y prefabricados que, adulterados, permiten gustos azucarados e inmediatos. Estamos avezados a distraer nuestra atención.

¿Por qué, entonces, filosofía? ¿Por qué hoy?
Porque la filosofía continúa formando parte de nuestro día a día, aunque exista en un falso limbo y, como tal, olvidada.
La filosofía se expresa y manifiesta en todos aquellos momentos a través de los cuales tomamos decisiones, expresamos o pensamos. A través de las palabras e ideas que utilizamos para identificarnos y vivir. Es, sí, una filosofía no explícita, que reside como un magma en el trasfondo de nuestra cotidianidad. Es, sobre todo, aquella cosmovisión, a veces no del todo formulada, a través de la cual vemos el mundo, tenemos una idea de

él y lo vivimos. También, aquel conjunto de valores y parámetros que nos sirven de guía para elegir caminos, amistades... y, en definitiva, para construirnos.
Todos, por omisión o, más o menos, conscientemente, pautamos y tenemos una imagen de quienes somos o de qué queremos, construida sobre un magma de ideas, emociones, prejuicios, normativas, etc. que, viniendo desde fuera (familia, sociedad, medios, escuela...), nos conforman (nos dan forma) y que, con nuestra experiencia, aderezamos, ordenamos y priorizamos. Todos tenemos una vida más o menos pautada, pues sabiendo quiénes somos podemos responder de una manera más segura a los diferentes retos diarios. Una vida salvaje, sin embargo, no tiene asidero.

¿Cómo podemos vivir, sentir, decidir o relacionarnos sin saber del todo a través de qué lo hacemos?

Reivindicar este tiempo reflexivo, este espacio libre, de silencio, es apostar por la creación de sentido y por el inconformismo con lo dado. Es posicionarse en una actitud activa delante de la vida, mostrando hacia ella una mirada más personal, más consciente y, también, a través de esta mirada, una praxis más responsable.

Esto es filosofía. Esta es la noción tradicional de filosofía que nunca ha sido sólo la abstracción cognitiva y discursiva de algún tema u objeto, sino que, también, se ha preocupado por las grandes preguntas vitales y por la cotidianidad humana a través de la cual, de forma simbólica, se le aparecen, constantemente, puertas que la conectan con los enigmas a los que va aparejada la vida y la realidad, invitándonos a convivir con ellas y hacer, de esta manera, más rica, plena y profunda, una realidad en la que la mayoría de las veces pasamos de puntillas, sobre-vivimos.

¡Hagamos, entonces, explícita nuestra propia filosofía!
¿Por qué no sacar a la superficie y reflexionar, enriqueciéndola con más elementos, esta dinámica que todos compartimos?
La filosofía es entonces esa praxis ya incorporada de la que somos completamente competentes y que se relaciona y expresa mediante nuestra naturaleza reflexiva. Somos seres que tomamos decisiones, que nos comparamos y diferenciamos de nuestro entorno, que generamos saberes según nuestra experiencia y a través de la cual, finalmente, tenemos una idea acerca del mundo en el que vivimos, ¿por qué pues no reivindicar la reflexión como una actividad o enseñanza, que puede ser potenciada, mejorada y profundizada?
Relacionamos la vida filosófica con un cuestionamiento continuo de la propia vida, no obstante, no es lo más significativo. Lo radical de la vida filosófica es su trasfondo, su actitud o su manera de estar y vivir. Lo que hace de Sócrates un filósofo salvaje, por poner el ejemplo más conocido, no es que sea el tábano que cuestiona el orden de las cosas. Una vida salvaje no tiene respuestas fijas, respira.
Sabedor del silencio en vacío que devuelve la propia pregunta, el filósofo salvaje la repite para que percuta y resuene, no para obtener una respuesta, sino para que le devuelva el potencial del mismísimo vacío, recordando, con la repetición, su propia precariedad y vulnerabilidad, lo único que vuelve, la apertura que proporciona el no saber .
Vivir demanda de un trabajo con el silencio, con la quietud, con la molestia de la alteridad, de lo diferente, de lo incómodo... la pregunta es una de las técnicas para hacer presente nuestro ser en fuga, vacío, etéreo.
Respirar este abismo es hacer emerger la vida filosófica, la vida salvaje, un pensar radical.

Filosofía para la vida.

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