ARTÍCULO

El sufrimiento invisible

Sufrirnos, vivirnos, conocernos

Xavier López

Prejuicios y escollos para el autoconocimiento
Los antiguos solían empezar sus textos o conferencias con una petición al auditorio o al lector. Es una costumbre que se ha perdido, en parte porque consideramos que el lector de hoy en día está muy seguro de lo que quiere y no hay que molestarle pidiéndole nada; en parte, porque el escritor de hoy presupone que debe expresar lo que quiera sin contar con nadie.
Sin embargo, creo que es indispensable que, para observar un tema como el que nos disponemos a tratar, nos preguntemos, quien escribe y quienes leen, en qué lugar nos colocamos para hablar y escuchar, a los demás y, sobre todo, a nosotros mismos.
Esta petición es necesaria si lo que queremos es investigar sobre la naturaleza del tema que nos ocupa: el “ego”. Porque el ego, el “yo”, levanta muchas pasiones, y es difícil hablar de él sin que alguna persona se sienta herida. A menos que se convierta en observadora imparcial de sí misma: y ahí está el problema. Observarse a uno mismo desde uno mismo... ¿cómo se hace eso? Observar nuestro ego nos coloca en posición difícil porque habitualmente tenemos un ideal de nosotros mismos, una autoimagen más o menos sólida que funciona como una pantalla que no nos deja ver qué hay tras ella. Y ¿qué es la autoimagen? El conjunto de prejuicios y creencias con las que nos identificamos, y que habitualmente utilizamos también para identificar a los demás. Lo que complica el examen de uno mismo es, pues, descubrir que estamos llenos de incoherencias y contradicciones que no estamos dispuestos a aceptar, porque no se corresponden con nuestra autoimagen, no cumplen con nuestros prejuicios y creencias acerca de nosotros mismos. Así, para esta autoobservación, debemos ocupar un lugar lo más alejado posible de la pantalla de nuestros prejuicios.

Me gustaría enumerar algunos de los prejuicios y escollos más importantes que se presentan en esta tarea del autoconocimiento. En primer lugar, un prejuicio que deberíamos evitar es la costumbre de asociar el observarse de forma crítica con una personalidad fuerte y segura de sí misma, con un “yo vigilante”. Para empezar, pongamos esto en duda, y reconozcamos nuestra vulnerabilidad esencial, nuestra calidad de seres que yerran en sus creencias, concepciones y conductas. Si somos capaces de poner atención a nuestra vida diaria y ser críticos de verdad con nosotros mismos, tal vez veremos cosas que no nos gusten; pero, para cambiar algo, primero debemos haberlo visto tal como es, y no como nos gustaría que fuese. Pongamos en práctica la libertad total de dudar de nosotros, de ver todo aquello que no queremos ver; tomemos conciencia de nuestro sufrirnos cotidiano, ese que dejamos de lado a cada momento y que la mayoría de las veces permanece invisible a nuestros ojos atareados. Porque todo lo que no vemos es lo que nos domina, lo que nos impide vivirnos.

Podríamos estar hablando de maltrato de género, de alcoholismo, de una cuestión de abusos laborales, de la inconsciencia sobre el clima, o sencillamente de la tensión diaria acumulada al tratar de salir adelante en un mundo acelerado e indiferente a nuestro sufrir, a nuestro sentir. De todos modos, el primer paso para superar cualquiera de estas situaciones adversas es tomar consciencia de ellas, examinarlas sin juzgarnos ni juzgar a los demás. Esto es increíblemente difícil. Las personas y los colectivos que sufren opresión tienden a juzgarse a sí mismos y a justificar a su opresor, hasta que toman consciencia de su situación y ésta da un giro: ahora odiamos a nuestro agresor y nos justificamos a nosotros. Pero todo esto nos impide comprender, que es muy distinto de justificar: no se trata de “poner la otra mejilla”, sino de examinar qué ha llevado a alguien a creer que debía lastimarnos. No podemos conocer aquello que juzgamos; no tomaremos consciencia de una situación si interponemos un juicio entre ella y nosotros. Y esto vale tanto para los demás como para nosotros mismos.

Pero hay más escollos. Tal vez el que puede hacer esta cuestión más comprensible es la diferencia que suele establecerse entre lo evitable y lo inevitable. Estamos acostumbrados a distinguir entre las desgracias provocadas por la ignorancia o la intención humana y aquellas que se desatan “inevitablemente”. Entre las primeras, que son evitables, ponemos, muy a menudo, los males sociales: pobreza, desigualdad, opresión, rapiña, guerra. Entre las segundas, las inevitables, el ejemplo más conocido son las catástrofes naturales.

Dentro de los movimientos sociales suele considerarse que, a través de la educación y una política honesta, todo podría cambiarse, incluso el egoísmo, y de ahí extraen su razón de ser. “Cambiar el mundo” es nuestro deseo; y cada vez hay más consciencia de que el verdadero cambio reside en los pequeños gestos cotidianos. Pero ahora quizá cabe ir un poco más acá, y pensar en el gesto íntimo, introspectivo. En su vivir diario, en sus relaciones con los demás y consigo mismas, las personas que luchan por una causa u otra no suelen ser tan diferentes del resto: muchas afirman su ego maquinalmente, como salvación ante la injusticia social. Y no van faltas de razón; pero tal vez debamos mirar las cosas de otro modo y darnos cuenta de que, si no empezamos por nosotros mismos, será muy difícil cambiar el mundo, porque nosotros somos el mundo que hacemos.

En gran medida, nuestro estilo de vida es ansioso, insatisfactorio o depresivo. Y ocasionalmente, cuando nos sentimos muy mal, tomamos una pastilla para hacer callar eso que no funciona. ¿Por qué? En buena parte, porque consideramos nuestro estilo de vida y las disfunciones que nos trae como una desgracia inevitable. Por supuesto que para la mayoría de personas la vida no es tan evidentemente catastrófica. Pero, si observamos nuestra vida diaria, podemos darnos cuenta de que existe mucho sufrimiento invisible en ella, un sufrimiento que late tras la pantalla de nuestros prejuicios y nuestras creencias, tras la foto fija de lo que creemos que son nuestras vidas. Es por eso que, cuando sufrimos internamente, los que no nos vemos obligados a recurrir a la farmacéutica sencillamente nos argumentamos que “soy como soy”: tengo una personalidad, así es como soy, como cuando digo que “llueve” o que “es lo que hay”: ¡Qué le voy a hacer, yo soy así!

¿Qué es el ego?

Así pues, cargamos con nuestro ego como Sísifo empuja la piedra, sin darnos cuenta de que él, el ego, es también el resultado de las relaciones sociales, y que tiene una historia y una evolución propias; y que, por tanto, puede descubrirse, investigarse, y relativizarse o cambiarse. Podemos darnos cuenta de que el ego, por necesario que haya sido en etapas pasadas de nuestra vida para crear nuestra identidad, e incluso en nuestra evolución como especie, es la causa de mucho sufrimiento cotidiano, pues nos sujeta a un corsé que nos oprime. Un sufrimiento que nos acompaña a cada hora, en forma de tensión muscular y de una avidez siempre insatisfecha.

Pero, ¿y para qué?, preguntará alguien. ¿Para qué esta investigación interna? “¿Es tan malo el ego?”, preguntará otro, “¡A mí me ayudó a abrirme paso en el instituto!” Seguro que te ayudó. De lo que tal vez no te estás dando cuenta es de que aquel “tú” que se abrió paso en el instituto hoy te está haciendo daño, te impide vivirte como eres ahora, porque sigue hablando el viejo lenguaje que en otro tiempo le sirvió para espabilar. Responde a nuevas situaciones con sus viejos conocimientos, muchos de ellos ya inservibles: es desconfiado, sólo se fía de su memoria. Te crea una contradicción, una tensión entre lo que eres en el presente y lo que él esperaba de ti, entre lo que sientes ahora y lo que él cree que deberías sentir, entre lo que haces ahora y lo que él cree que deberías hacer. Por eso te hace sufrir, aunque integres ese sufrimiento en tu vida como algo “natural”: de él provienen la culpa y el cinismo, el miedo y el apego, el sentirte una víctima, volverte un agresor. Su mismo querer salir desesperadamente del dolor te produce sufrimiento. Porque el dolor es una respuesta natural de tu organismo; el sufrimiento es un añadido, es aquello que no te deja sentir el dolor tal y como es.

El ego es nuestra identidad, las máscaras que hemos ido fraguando a lo largo del tiempo; es esa figura de porcelana en el comedor, que lleva ahí toda la vida, y que siempre contiene un eco de los valores ancestrales que nos han hecho aprender y repetir en beneficio de una estructura social. Desde pequeños hemos aprendido a controlarnos y a coordinar nuestros movimientos pendientes del juicio de los demás: hemos acelerado las habilidades naturales de nuestro organismo a base de esfuerzos mentales y musculares. El ego es esa sensación de esfuerzo constante, de estar separado del mundo y tener que luchar contra él para ser reconocidos, respetados o amados. De tanto esfuerzo nace en nosotros una ilusión de autosuficiencia que choca contra el muro de una realidad que le parece hostil. Por eso nunca deja de quejarse, de juzgar la situación que vive como insatisfactoria. Si bien es cierto que puede servirnos para “espabilarnos” y sobrevivir, para afirmarnos en tiempos difíciles, al mismo tiempo nos hace la vida imposible: está hecho de miedo y carencia, codicia, culpa, desconfianza y apego.

El sufrimiento invisible

Veamos más al detalle en qué consiste todo ese sufrimiento “normalizado” o invisible. No es muy difícil observar nuestro alrededor para tomar conciencia de nuestro sufrirnos diario, lleno de tensión muscular, dificultad respiratoria, insomnio, malestar emocional, somatización, apego y dependencia; si miramos más acá de la pantalla de nuestros prejuicios y creencias, de nuestra autoimagen, veremos que todo ese sufrir cotidiano no afecta sólo a “los demás”, veremos que está alojado, silenciosa y persistentemente, en el mismo eje de nuestra existencia. El sufrimiento invisible es todo eso que intentamos paliar con un consumo insano, e incluso con actividades consideradas sanas: al final del día, en nuestro tiempo “libre”, todos necesitamos hacer algo que nos relaje para quedarnos “absortos”, no conscientes de eso que interviene a cada momento y que juzga nuestra vida y la de los demás: la figura de porcelana en el comedor. Podríamos arriesgarnos a lanzar una pregunta: ¿es verdaderamente libre nuestro tiempo libre?

¿Quién no tiene la experiencia de estar haciendo algo y, al mismo tiempo, estar pensando sólo en la próxima cosa que tiene que hacer? Así es como es: pocas veces hacemos lo que estamos haciendo. La pre-ocupación se superpone siempre a la ocupación, el futuro aplasta y subyuga al presente, arrastrándonos hacia un lugar que no existe: la incertidumbre, el no saber “qué pasará”, nos encadena a una constante desazón. Pero mirémoslo bien, porque hay mucho más: más o menos vamos a uno o dos enfados diarios de media, muchos de los cuales, mirados a cierta distancia, son absurdos o cómicos. Cada día escuchamos nuestro parloteo mental mientras fregamos los platos o nos duchamos, cosa que, aunque no nos demos cuenta, nos afecta emocionalmente, y a veces de forma muy dura, de tal modo que puede incluso amargarnos el día. Nos enfrascamos en discusiones que no son más que defensas de opiniones particulares, y eso cuando son reales, pues durante mucho tiempo las disputas con los demás son puramente imaginarias, y se desarrollan en un espacio puramente cerebral. Somos perfectas máquinas de juzgar a los demás, juicios que callamos y que surgen, rabiosos o cínicos, contra algún inocente, o en forma de queja constante. ¿Cuántas veces al día decimos lo que sentimos, y cuántas veces al día no decimos lo que sentimos, sino exactamente lo contrario?

A un nivel más profundo, solemos tener la esperanza de que obtendremos de los demás lo que no nos sentimos capaces de obtener por nosotros mismos: basamos muchas de nuestras relaciones en la dependencia y el apego, porque nos aseguran un fondo de confianza que no tenemos o creemos que no tenemos. Por generarnos autoestima, caemos en la ilusión de considerarnos importantes o superiores; pero siempre hay algo que nos agua esa fiesta del imaginario y nos hace descender a la ficción de no considerarnos nunca suficientemente buenos o eficaces; en muchas personas, lo habitual es el bascular de un polo al otro. El mundo de competencia en que vivimos cala hondo, y nos impide saber en qué consiste cooperar, llevándonos hacia un silencioso malestar por no ser capaces de expresar amor, o ternura, o cariño, o comprensión, por no poder aflojar la tensión. En una sorprendente cantidad de tiempo cotidiano, y sin darnos cuenta, somos siervos de nuestra preocupación, avidez o frustración, siervos de nuestro ego, porque no vemos que, en realidad, es un personaje irreal, tal vez, eso sí, una ficción útil y en cierto modo necesaria. Si consideramos al ego como una necesidad de nuestro proceso evolutivo como individuos y como especie, pongámoslo al servicio de lo que realmente somos: seres vivos, organismos que son parte de un medio, de un todo que nos incluye y nos acoge, y no átomos separados y en lucha constante unos contra otros. Que nos haya ayudado a desenvolvernos y a “sobrevivir” no significa que el mundo sea lo que el ego imagina que es: una batalla campal en la que hay que matar o morir. Somos parte de un vivirnos común. Un mundo común en el que todos somos vulnerables e interdependientes.

La revuelta íntima

Si miramos bien, el mundo que hemos creado se basa en la estructura del ego. La maquinaria del producir y el consumir, la avidez del consumo y la publicidad, la codicia por tener más, la competencia que eso genera, la culpa por “ser un fracasado” en algún proyecto o por venirnos abajo como sociedad, el cinismo ante un mundo que nos harta, la larga proliferación de agresiones de todo tipo, el maltrato del entorno, el concepto demente de propiedad —mi casa, mi mujer, mi cuerpo... Todas estas características del ego son funciones estructurales del sistema capitalista y patriarcal (y de todos los sistemas autoritarios que yo conozco).

Por eso, cuando hablo de autoconocimiento, de saber quiénes somos, de qué estamos hechos, estoy hablando, en realidad, de una revuelta íntima, de un acto político, por extraño que pueda parecer a quienes están acostumbrados a relacionar la política con las instituciones, las masas y las grandes organizaciones. La pregunta que se impone es: ¿realmente queremos dejar este mundo a las futuras generaciones? ¿Pretendemos aislar a las niñas y niños que educamos de nuestros sentimientos de insatisfacción? Si queremos cambiar el mundo debemos atender a este problema. Porque el sufrimiento cotidiano, invisibilizado como tantas otras cosas, tiene un poder de contagio brutal: es casi imposible que una persona cargada de ansiedad y de miedo pueda generar amor a su alrededor. Y lo habitual es que proyectemos nuestro miedo, odio, apego y ansiedad sobre los demás.

No podemos pretender cambiar las cosas sólo en base a teorías y tradiciones críticas a las que nos adherimos. Es obvio que, si pretendemos cambiar estructuras sociales, tenemos que organizarnos. Pero ¿cómo vamos a organizarnos si en nuestras organizaciones perpetuamos, sin darnos cuenta, aquello que queremos combatir? ¿Y qué sucederá con toda la ansiedad acumulada si se da el caso de que logremos, algún día, cambiar algo en nuestras instituciones sociales? La tarea del autoconocimiento presupone, en primer lugar, la voluntad individual de observarse, pero no debe estar exenta de una organización colectiva de ayuda mutua. El autoconocimiento, en su vertiente colectiva, está ligado con una política de los cuidados, y se sustenta en una toma de conciencia de la vulnerabilidad, y de la interdependencia de todas y todos con el entorno.

El poder establecido, cultural y político, no sólo vive de explotar a la población. También de mantener en el silencio toda esa enorme cantidad de sufrimiento cotidiano que tenemos asumido como “normal”, parte de nuestro estilo de vida, y que muy bien podríamos definir como alienación. El poder no sólo se define por explotar las condiciones materiales de vida de la población de la cual depende; para ello debe crear un discurso que lo legitima, y que acaba convirtiéndose en una creencia colectiva. Dentro del discurso del poder no sólo está aquello que se supone que debemos y no debemos hacer, y aquello que debemos pensar; está también aquello que debemos, o no, sentir. Nuestra autoimagen, primer escollo contra el autoconocimiento, como hemos visto al principio, se construye en interacción constante con los valores sociales, familiares y políticos de nuestro tiempo, formando así una primera máscara, un primer sentido de la identidad, dentro del cual, muchas veces no caben las verdaderas emociones que se producen en nuestro interior. Los códigos sociales nos determinan a ocultar, y ocultarnos, lo que sentimos, según el rol que hayamos adoptado. Si el autoconocimiento parece tan difícil, es porque a veces ni siquiera sabemos lo que sentimos, de tanto pensarnos y repensarnos, de tanto que nos han pensado y nos han repensado.

La motivación del autoconocimiento es que nuestro sufrirnos diario se vea sustituido por la capacidad de vivirnos a cada momento con ese ánimo que, habitualmente, suele llamarse “plenitud”, y que no quiere decir que estemos todo el día contentos, ni que nunca sintamos dolor. Todo lo contrario. Y aunque parezca una contradicción, se trata de una plenitud que nos revela que, en realidad, estamos vacíos, maravillosamente vacíos de nuestro ego; nos revela que la identidad del ego es una ficción, todo lo más un conjunto de útiles máscaras que no debemos asumir como nuestra realidad. Es el ego quien siempre quiere salir del dolor de la vida, quien trata de negar el vivirnos, con nuestros placeres y dolores legítimos, diciéndonos que el placer no es bueno si no dura y que el dolor tiene que ser evitado. Sólo hace falta ver algunos anuncios de la televisión para confirmar que el discurso del poder se establece sobre la estructura del ego. El poder mismo es una alucinante confusión del ego con la realidad, una peligrosa ilusión de autosuficiencia expandida a todos los niveles de la sociedad; es el lugar donde anidan la necesidad de control, el apego a la riqueza y la ausencia de empatía. Comprendamos esto sin juzgarlo ni justificarlo, y sabremos a qué atenernos.

Darse cuenta de que nuestra identidad es una representación condicionada por el entorno social es el primer paso para librarnos de los hábitos mentales que causan el sufrimiento diario, ir más allá del discurso del poder que nos atraviesa y configura. Repetimos: no se trata de estar siempre bien. Se trata de vivir el dolor de la vida como dolor, y no como resentimiento, ira, culpa, odio o ansiedad. Vivir el dolor, sin el discurso que nos presiona y que nos repite, en forma de parloteo mental, que debemos estar siempre lo mejor posible.

El autoconocimiento, entonces, no es sólo observación. Es adquirir una serie de hábitos mentales-corporales para ser capaces, en cada momento, de ver lo que nos pasa, sin añadirle el peso de un malestar que nos quita libertad y nos impide saber qué es, qué significa, tener serenidad, simplemente estar vivos. Es estudiarnos en la acción y en la convivencia. Es adquirir el hábito de pararnos, y de parar con ello un sistema que nos obliga a estar continuamente movilizados, robándonos nuestro presente, obligándonos a perseguir metas y aceptar retos para ser reconocidos: que nos obliga a estar bien, a estar disponibles. Un sistema que cree que puede con todo, y cuya base es el esfuerzo diario por crecer sin límites. Pero somos finitos, somos vulnerables, y no podemos con todo.

Cada cual hará este camino a su manera, pues no se trata de que repitamos consignas ni dogmas, ni de aceptar maestros, gurús ni líderes. En el autoconocimiento ponemos en práctica la libertad total e inalienable de mirar más allá de la pantalla de nuestra autoimagen, para poder empezar a crear nuestra propia vida aceptando lo que somos. Nos hacemos capaces, así, de llevar a cabo una acción individual y social (si es que se pueden distinguir) que no esté contaminada de nuestro egoísmo proverbial, fuente y base de la cultura capitalista, y tan arraigado como profundamente oculto. No es un camino único, es un camino posible: una revuelta íntima, una política de la vulnerabilidad.

Filosofía para la vida.

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